¿Por qué creemos? Y el rol de las creencias en nuestra vida.

Todos tenemos creencias, aunque no me estoy refiriendo únicamente a creencias religiosas, por supuesto. Todos creemos en algo. La naturaleza humana ha llevado al hombre a hacerse muchas preguntas, como del tipo ¿cómo se creó el universo?, ¿hay vida más allá de la muerte?, ¿cómo puede ser que suceda tal o cual cosa?. En fin, el hombre siente la necesidad de cuestionar muchos aspectos de la vida, y obviamente, intentar comprenderlos o explicarlos. Para eso existen las creencias. A veces no podemos explicar todo, o no podemos estar seguros de cómo son las cosas. Aquí entran las creencias, que nos permiten marcar una línea de pensamiento. Y esto es muy importante, porque nos generan una certidumbre acerca de los aspectos que no podemos comprender.

Tales creencias pueden ser religiosas o no, quizás científicas, etc., pero en definitiva nos marcan lineamientos a seguir en nuestro estilo de vida. Una persona que cree en algo, tiende a dirigir su vida guiado por sus creencias; así es como las personas que creen en Dios, suelen encomendar muchos aspectos de su vida a éste, confiando en que el buscará el bien de éstas. Antiguamente, había civilizaciones que creían en la furia de sus dioses, de forma que dedicaban gran parte de su vida a evitar su ira; y cualquier mal que les ocurriera se debía a éste dios. También está el caso de las personas que no creen en ningún tipo de dios, y creen que todo lo que les pueda ocurrir depende de ellas, y del resto de las personas; y no lo atribuyen a ninguna “misión celestial”, ni “plan de Dios”. Entonces, queda claro que cada uno rige su vida de acuerdo a sus creencias.

Esto es importante. Muy importante. ¿Por qué? Porque nuestras creencias pueden ser los verdugos de nuestra propia vida. Por lo tanto, hay que plantearse lo que uno cree, no por el hecho de si lo que creemos es realmente verdadero o no, sino porque nuestras creencias puden afectarnos tanto para bien, como para mal. Podría decirse que cada persona debería creer lo que le conviene. Pero, a ver, profundicemos un poco más el tema.

¿Qué le conviene creer a cada uno? Esto depende de cada persona. Y repito algo fundamental, y es que lo que nos conviene creer no debería basarse del todo en qué es verdadero o no, sino en lo que nos haga bien.

Por ejemplo, imaginemos una persona que no cree en Dios. Esta persona puede pensar que todo lo que le ocurre depende exclusivamente de ella y de las personas con las que -directa o indirectamente- interactúa. Es decir, no hay un destino o una misión, o un plan elaborado por algún dios. Que su vida dependa casi en su totalidad de él, le hace ser precavido con cada cosa que hace. Es decir, le atribuye más responsabilidad a él mismo. Y, como es natural, mientras más responsabilidades tenemos, más nerviosos, más preocupado por cumplir con estas responsabilidades estamos. Esta persona vive bastante preocupada por dirigir su vida en cada aspecto al cual tenga alcance.

Por otro lado, una persona que cree en Dios, y que cree que éste tiene una misión para ella, vive de una forma un tanto diferente. Dirige su vida, si, pero de otra forma. Al creer en un ser superior que de alguna manera puede interferir positivamente en su vida, no carga con tantas responsabilidades sobre su propia vida, ya que se las atribuye a este Dios. Es Dios quien debe cargar con muchas de las responsabilidades. Por ejemplo, si enferma de gravedad, rezará para pedir ayuda a su dios; y creerá que en gran medida su mejoramiento depende de la bondad divina. Esto no quiere decir que no vaya al médico, o no se medique. Al contrario, lo lógico sería que sí lo hiciera, pero tiene fé en que un Dios bondadoso le ayudará a mejorar su salud, por lo que esta persona delega gran parte de su mejoramiento a su Dios, y queda más liberada por ello. Esta persona, quizás, vive más tranquila sabiendo que no todo depende exclusivamente de ella o de los médicos, sino que cree en un Dios que la está ayudando.

La idea es que, independientemente de su creencia es verdadera o no, ésta rige definitivamente para bien o para mal su vida. Por ejemplo, supongamos el caso de que Dios NO existe. La persona que no cree en Dios estará en lo cierto (su creencia será acertada) pero sin embargo el vive muy preocupado porque se auto delega toda responsabilidad sobre su vida. No solo a el mismo, sino también a las personas que le rodean, y esto lo angustia en mayor o menor medida, porque no siempre podemos confiar en que las demás personas harán todo bien para nosotros porque las personas cometen errores. Por lo tanto, su preocupación puede hacerle mal, angustiarlo, incluso enfermarlo. Pero, por el otro lado, la person que si cree en Dios (en este caso su creencia está errada) vive más tranquila, ya que sabe que además de ella y las demás personas, hay un Dios que la protege o busca su bien. Ve las cosas malas como pruebas a superar, y esto le confiere una fortaleza que la persona no creyente no posee, ya que ella piensa que sus males son solo eso; errores cometidos por ella o las demás personas. En definitiva, la persona con una creencia errada vive mejor anímicamente que una persona cuya creencia está acertada y que vive preocupada y angustiada por los errores que puede cometer.

Bueno, este ejemplo no es determinista. Puede ocurrir que la persona no creyente tenga suficiente fuerza interior como para afrontar sus males o problemas, o simplemente tomarlos como partes de un aprendizaje y vivir bien pese a ellos. Es decir, que lo importante de este planteo que hago, es que cada uno sepa en qué cree y cómo afecta esta creencia a su vida. Estoy seguro que es un planteo que no muchas personas se hacen, ya que creer en algo es tan natural como comer para satisfacer el hambre. Pero comprender qué creemos y cómo las creencias nos afectan puede ser significativo para mejorar muchos aspectos de nuestra vida.

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El Cielo y el Infierno: una rivalidad absurda.

¿Por qué es absurda la idea del cielo y el infierno? Bueno, quienes tenemos una familia con alguna inclinación católica -o al menos cristiana- nos suelen enseñar ciertas cosas sobre la religión. Una de ellas, es el concepto del cielo y el infierno. Digamos que en la vida terrenal somos puestos “a prueba” en el sentido de que una vez que ésta finaliza (es decir, morimos), se nos evalúa acerca de lo que hicimos para decidir dónde pasaremos la eternidad, en el cielo o en el infierno. Se nos dice que el cielo es a aquello que debemos aspirar, es donde seremos felices eternamente; mientras que el infierno, el opuesto, es el sufrimiento o la infelicidad eterna. O sea que debemos competir por ir al cielo, y no al infierno. Hay una lucha o una rivalidad entre el cielo y el infierno. Por eso es que en ésta vida debemos “portarnos bien”, para que a fin de cuentas, vayamos al cielo y seamos “eternamente felices”.

Pero pensemos un momento. ¿Qué significa una felicidad eterna? ¿Cómo es posible? La felicidad se logra a partir de los momentos que nos hacen felices, o sea, momentos buenos. Estos momentos no hacen felices. Pero esta idea es algo vaga, porque cabe preguntarse ¿cuándo un momento es bueno? Los momentos buenos son aquellos que nos causan una diferencia emocional positiva respecto de la emoción que estamos sintiendo, y por eso sentimos de repente una sensación placentera de felicidad. Digamos que podemos estar sintiéndonos “normal”, ni estamos felices, ni estamos infelices. Tenemos un nivel emocional constante. De repente, ocurre un hecho positivo, lo que nos causa felicidad, es decir que salimos de ese sentimiento de emoción constante para pasar a sentirnos felices. Esta felicidad es, por supuesto, momentánea. Puede durar unos minutos, unas horas, o incluso unos días, pero en algún momento se termina. Y se termina por dos razones: o bien nos sucede algo malo, lo cual hace sentirnos mal; o bien -y más común- nos acostumbramos a esa felicidad, nos acostumbramos a esa sensación que al principio nos sobresalta positivamente, y volvemos a sentirnos “normal“, como antes de que ocurriera ese hecho positivo que generó la felicidad. Recalco que puede pasar un tiempo antes de dejar de sentir la felicidad. Y no existe nada en el mundo que nos proporcione una felicidad infinita. Muchos dicen que el nacimiento de un hijo provoca una felicidad muy grande y para siempre. Pero no es así, uno se termina acostumbrando a esa sensación tarde o temprano, en unos días o en unos años, pero se acostumbra. Y al acostumbrarse, deja de sentir esa felicidad. Además, tenemos que sumar que en el transcurso de la vida, ocurren tanto cosas malas, como cosas buenas. Las cosas malas nos disminuyen la felicidad, mientras que las buenas la aumentan.

Entonces, ¿cómo sería ser feliz eternamente? Si solo vivimos un hecho positivo o un buen momento, nuestra felicidad aumenta, pero con el tiempo se vuelve una sensación normal y se apaga la felicidad, como si se amortiguara. Entonces, vivir feliz eternamente, significaría que todo el tiempo estamos teniendo vivencias positivas, por lo cual no daríamos oportunidad a nuestra felicidad de desvanecerse. Esto parece lógico, pero no olvidemos que vivir constantemente cosas lindas, se termina tornando monótono, por lo que en algún momento también nos vamos a acostumbrar a estar siempre viviendo cosas positivas, por lo cual dejaremos de sentir felicidad por ello, ya que es algo que viviremos siempre, será tan común que dejará de generarnos ese sobresalto que nos produce la felicidad. Recordemos que estoy hablando de un eternidad, no de solo unos cuantos años. Por ende, esto hace tambalear la idea de la “felicidad eterna“, a tal punto que la hace parecer estúpida.

Si hacemos el mismo análisis, pero con la idea del infierno, es decir “el sufrimiento eterno”, llegaremos a la misma conclusión. Uno sufre cuando le ocurre un hecho malo, o sea, un acontecimiento negativo. Pueden ser mil cosas: un dolor físico, la muerte de un ser querido, enojo por algo, etc. Pero una vez que estamos viviendo ese sufrimiento, llega un momento en que la persona se acostumbra a esa sensación, y se apacigua, para volver a sentirse “bien” o “normal”, como antes de que ocurriera la desgracia. Por lo tanto, para sufrir eternamente, deberíamos vivir hechos negativos todo el tempo a lo largo de una eternidad. Pero volvemos a lo mismo: al cabo de un determinado tiempo, nos acostumbraríamos a estar siempre viviendo cosas malas, al punto de que ya dejaríamos de sufrir por ello, ya que nuestra mente estaría consciente de que siempre algo malo va a ocurrir, y ya no sería algo malo, sino algo común. Es decir, que la ausencia de algo bueno, haría que la persona se acostumbrara y dejaría de sufrir, porque siempre estará esperando algo malo.

Por otro lado, volviendo a nuestra vida terrenal y corriente, todo el tiempo estamos viviendo hechos buenos, y hechos malos. Es decir, vivencias que nos hacen sentirnos bien y vivencias que nos hacen sentirnos mal. Si nos sentimos bien, y de repente nos ocurre algo malo, pasamos a sentirnos mal, o por lo menos ya no nos sentimos tan bien como antes de que esto malo ocurriera. Sin embargo, podemos empezar a acostumbrarnos a este hecho malo, y además puede ocurrir que nos vuelva a pasar algo bueno, y volvamos a sentirnos felices. Es decir, que en algún punto, la felicidad y la infelicidad van de la mano. No podemos ser felices, si antes no hemos sido infelices. La felicidad se logra por una variación del estado emocional. Si ese estado emocional no varía, no sentiremos nunca nada, sería lo que se llama un ser “insensible”. Si sentimos felicidad, el estado emocional varía y nos sentimos bien, pero al rato el estado emocional vuelve a encontrar una posición de equilibrio, por lo que volvemos a sentirnos estables (ni mal, ni bien). Pero en cambio, si nos sentimos felices por algo, y de repente nos pasa algo malo, entonces nuestro estado emocional no puede lograr un equilibrio, ya que tiene un cambio abrupto: pasa de la sensación linda, a la sensación fea. Lo mismo ocurre si al sentirnos mal, nos ocurre algo bueno, entonces nos sentimos bien, ya que nuestro estado emocional no se alcanza a estabilizar y nos produce bienestar. Lo que quiero ilustrar con esto, es que nuestra felicidad se da, no por la ausencia de infelicidad, sino por el cambio de un estado emocional a otro. El dolor le deja paso al placer, y viceversa. Por eso es que no podemos sentirnos siempre bien, o siempre mal. Lo que nos produce la sensación de bienestar es el cambio de un estado de sufrimiento -o un estado estable- a un estado de placer. Y por el otro lado, lo que nos produce la sensación de malestar es el cambio de un estado de placer -o un estado estable- a un estado de sufrimiento.

Si no ocurrieran estos cambios de polaridad emocionales, no sentiríamos nada. Las emociones se basan en cambios. Este punto es fundamental, y no solo se aplica en esto, sino en muchísimo conceptos de la vida.

Entonces, volviendo al tema inicial del infierno y del cielo. ¿Cómo podemos ser eternamente infelices en un lugar dónde no sentimos nunca placer y, por ende, nunca experimentamos ese cambio de polaridad? Lo mismo para el cielo o el paraíso: ¿cómo podemos ser eternamente felices, si nunca conoceremos la infelicidad? Si una, no hay la otra. Lo que cuenta es el cambio. El grupo musical “La Ley”, de Chile, canta una canción que en el estribillo dice “Sin dolor, no te haces feliz” (El Duelo). Y esta frase justamente habla de que no podemos sentir felicidad, sin antes haber sentido dolor. De la misma manera que no podemos sentirnos llenos, si antes no hemos tenido hambre. O no podemos percibir la riqueza, si no entendemos qué es la pobreza. No podemos percibir el dolor de una herida, si antes no nos hemos sentido mejor.

Creo que lo más productivo de esta reflexión, es aceptar la idea de que nos podemos sentir bien gracias a que en otro momento nos podemos sentir mal, y viceversa. Es decir, aceptar las cosas malas que nos suceden, como un punto de partida para valorar y disfrutar cuando nos ocurra algo bueno. Y de la misma manera, para que cuando nos ocurra algo bueno, algo malo pueda anularlo, como una posibilidad de volver a sentir algo bueno después, y no acostumbrarnos solo a las cosas buenas debido a que después de un tiempo, nos aburriríamos y no podríamos disfrutarlas.

Con esto doy por terminada la idea de cielo e infierno como algo separado y eterno. Y ahora, como un agregado -un poco agnóstico- de mi parte, hago un planteo desde otro punto de vista, totalmente diferente al que expliqué aquí.

Si el infierno es para aquellas personas que han hecho el mal, y la idea de Dios habla de una deidad generosa y que perdona. ¿Realmente alguien puede ser tan malo como para merecer toda una eternidad de sufrimiento? Esto me parecería muy poco glorioso de un Dios que sabe perdonar. Y, si además yo hice el mal por no creer en Dios, y Dios realmente existe, ¿merezco no ir al cielo sólo por no tener la capacidad de creer? ¿Realmente es tan malo no creer en algo que no podemos percibir y por ello negarnos el paraíso? Esto último nada tiene que ver con el tema principal, excepto la idea de criticar un poco el concepto de cielo e infierno que nos inculcan en la iglesia.

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Amor en deuda

Quiero creer que todos saben a lo que me refiero con el amor en deuda. Si no es así, lo explico. Muchas personas que llevan una relación de pareja, caen indefectiblemente en está idea del amor. Un amor que debe todo el tiempo, un amor insatisfecho, un amor que reclama, o como le llamo yo, un amor en deuda.

En una pareja, casi siempre -aún no me animo a afirmar que sea siempre- uno de los sujetos es deudor, y el otro es quién debe cobrar esa deuda (llamémosle acreedor). La pregunta que surge es ¿deuda de qué? ¿Qué se puede deber en una relación?. Para contestar estas preguntas, tenemos que saber que siempre el sujeto deudor es aquel que lleva su relación muy bien, que está conforme o satisfecho con la otra persona. Pero el sujeto acreedor no está conforme, porque necesita constantemente que el otro le entregue amor, amor que puede entregarse de distintas formas: caricias, palabras, gestos, regalos, etc. O sea que podemos decir que probablemente el acreedor sea una persona insegura -en sí mismas- e insatisfecha -con la relación-. Insegura porque al no tener la seguridad de que la otra persona la ama le reclama constantemente señales que le indiquen lo contrario. Insatisfecha porque no le es suficiente lo que la otra persona hace para demostrar su amor.

Claro que existe la posibilidad de que en realidad el sujeto deudor realmente no dé señales que le indiquen a su pareja que la ama, y que por lo tanto la ignore completamente. Pero en este caso no hay amor, simplemente se trata de una relación falsa y no podemos pretender que alguien que no quiere realmente amar demuestre amor, pero esto es otro asunto muy distinto del que estoy hablando. En el asunto que estoy tratando, hablo de personas que sí se aman pero una de ellas por inseguridad reclama a la otra más atención. Además el sujeto acreedor, aquel que reclama, suele pensar que el otro está desinteresado y que no le da amor, pero no es así. Se trata de que este sujeto acreedor está todo el tiempo insatisfecho y no capta los signos de la otra persona, y por eso le reclama siempre más y más.

Este es un asunto grave, ya que desemboca en una situación inevitable: la destrucción de la pareja. No hay forma de no destruir la pareja si ésta cae en este juego de deudas. El deudor genera un sentimiento de malestar que crece cada día. El acreedor tiene un malestar permanente debido a la falta de atención que percibe del deudor. El sentimiento del acreedor se mantiene más o menos constante, pero el del deudor crece cada más, y como toda persona, llega a un límite, después del cual “explota”, o sea, desencadena una reacción que destruye la pareja. Esta “explosión” interna del deudor puede manifestarse de distintas formas, por ejemplo, con la infidelidad, con el maltrato, o simplemente rompiendo la relación con su pareja y dándola así por finalizada.

Las personas pueden cambiar de rol en distintas relaciones, o incluso en la misma relación. O sea que na persona que en una relación es deudora, en otra puede ser acreedora.

Cabe preguntarse por qué se dan estas relaciones así, por qué una persona asume el rol de deudor y la otra de acreedor. Bueno, yo creo firmemente que esto está relacionado directamente a la inseguridad de las personas en sí mismas. Todos podemos ser inseguros en mayor o menor medida. Pero cuando nos juntamos con otra persona, existe una diferencia de inseguridad. En otras palabras, en una relación, siempre una persona es más insegura que la otra y asume el rol de acreedor, dejando al otro en el rol de deudor de forma automática.

Digo que el factor es la inseguridad, pero no estoy seguro de que sea el único. Quizás hay otros, pero creo que la inseguridad es el que más influye. Porque al ser insegura de sí misma, una persona necesita constantemente la aprobación de otra, y que mejor forma de tener ésta aprobación que una relación de pareja (que se supone una relación sincera) y donde el otro “amará sin fronteras”. Es decir, que creo que se quiere salvar esa inseguridad en una idea de “amor perfecto” el cual no existe (ver artículo relacionado). Y por eso genera est situación de deuda. Sin duda que si ambas personas tuvieran una diferencia de inseguridad muy pequeña, esto no sucedería, porque ambas esperarían recibir lo mismo de la otra persona, y por eso estarían “en armonía”. Sin embargo, aún en este glorioso caso, es probable que una de las personas genere más seguridad en la otra, y comience a crecer la diferencia de inseguridad, cayendo indefectiblemente en el problema original.

Todo este asunto también se puede comparar con que el sujeto deudor es dominante sobre el acreedor (contrario a la idea habitual de deudor y un acreedor). El deudor domina porque el acreedor necesita las señales del deudor para sentirse bien, y esto lo lleva a actuar como sea para lograr que el deudor “pague su deuda”. El deudor actúa libremente, sin ataduras emocionales que le hagan mal, mientras que el acreedor necesita constantemente que el deudor le pague, por lo que sea crea una especie de persecución. Pero el deudor, como dije antes, comienza a molestarse por sentirse perseguido todo el tiempo por su pareja, por lo que ya le es difícil actuar libremente y esto lo lleva a escapar de la deuda. Recordemos que es una deuda eterna, nunca se termina porque el acreedor está siempre insatisfecho (o, en el mejor de los casos, su satisfacción dura sólo un momento). Escapar de la deuda puede ser alejarse, aislarse de la pareja, ignorarla, etc. Todo esto es consecuencia del “acoso” del acreedor. El deudor es una persona independiente, mientras que el acreedor es dependiente de ese deudor.

Lo importante aquí es no replantearse el tema de la inseguridad, y trabajarlo a fondo, cuestión que por demás sabemos que no es fácil. Pero al solucionar este problema, podemos reducir lo efectos negativos producidos por esta relación deudor-acreedor, ya que buscaremos minimizar la diferencia de inseguridad que se da en la pareja.

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¿El amor es egoista?

Sin duda que lo es. Si, pretendo que algunas personas se alteren al leer esta afirmación rotunda. Muchos creen en el amor ficticio, ese amor de novelas, o de películas de Disney, ese amor perfecto, ese amor en el que la persona que ama es capaz de dar todo de sí por amor, y sin pretender recibir anda a cambio. Oh si, ese amor al que muchos habremos aspirado siendo niños -o no tan niños-. Pero no, en verdad esto es fantasía. Ese amor no existe. Quizás algunos se nieguen a creerlo asi, porque de chicos fueron educados y mamaron esa idea de amor perfecto, del sacrificio por el bien de los seres queridos. Pero reitero, no es más que un amor inexistente. Nunca existió en la historia del universo, y nunca va a existir.

Nosotros, como fin último de neuestros actos.

Hay un frase que describe perfectamente lo que voy a explicar a continuación, y la misma es ” Nunca amaremos a nadie -ni nada-, más de lo que nos amamos a nosotros mismos “. Es una frase fuerte, que incita a pensar que quien la dice no es más que una persona egoista. Pero lo curioso es que todos los seres humanos actuamos a favor de esta sabia frase. Veamos porqué.

Cuando hacemos algo bueno por una persona, ¿es realmente por esa persona? A primera vista si, porque queremos su bienestar, su placer. Imaginemos esta situación: le regalamos un caramelo a nuestro hijo porque sabemos que le gustan y se pone contento al recibirlo. Lo come y lo disfruta, y nos sonríe en agradecimiento. Y el hecho de verlo contento, sonriendo, y disfrutando de su caramelo nos alegra inmensamente. Aquí cabe la pregunta ¿por qué lo hicimos? ¿por qué le regalamos el dulce? ¿porqué le gusta? La respuesta es no. Lo hicimos porque nos alegra -a nosotros mismos- verlo feliz. Pero no es su felicidad la que buscamos, sino la nuestra. Si no nos alegrara verlo bien, no le regalaríamos nada. Se lo regalamos porque queríamos verlo contento. Y cuidado con esta parte: “…porque queríamos…”. Nosotros queríamos verlo contento. Lo hicimos por nosotros, por nuestro bienestar interno.

Es decir, que siempre damos porque buscamos recibir algo a cambio, aunque este algo no es necesariamente material. De hecho, en general no se trata de algo material, sino del bienestar nuestro, es decir, sentirnos bien con lo que hemos hecho. Esto mismo lo hacemos con todos. Decimos amar a una persona, y queremos estar con ella, porque la “amamos”. Pero en verdad, estamos con esa persona porque nos reporta bienestar. En última instancia, siempre lo hacemos por nosotros.

Ejemplifiquemos otra situación: tenemos un amigo que corre peligro de muerte. Solo nosotros podemos salvarlo, pero a costa de nuestra propia vida. ¿Qué haremos? ¿Daremos nuestra vida por la de él? ¿O no? La respuesta depende de lo que nos haga sentir mejor a nosotros. Si elegimos no hacer nada y dejar que muera, ¿podremos vivir con ese sentimiento de culpa? Si la respuesta es afirmativa, entonces dejaremos que muera. Si la respuesta es negativa, daremos nuestra vida por él. Porque esta decisión nos reporta un bienestar que supera el sentimiento de culpa o dolor por dejarlo morir. Entonces, el ayudarlo o no, dependerá de lo que nos reporte mayor satisfacción. Si lo dejamos morir, tal vez podemos vivir el resto de nuestra vida sabiendo que pudimos ayudarlo, y entonces lo que ha sucedido que es nos reporta mayor satisfacción seguir viviendo nosotros que su vida. Pero volvemos a lo mismo: sea cual sea la elección que elijamos, el beneficio es para nosotros.

Una persona que se suicida, está buscando su bienestar, es decir, escapar a problemas que no puede afrontar; situaciones que le causan un malestar mayor del que puede soportar, y elige la muerte como un escape a dichos problemas. Aún cuando al cometer suicidio produzca un malestar en las personas que lo quieren. Estas personas que sufren por la pérdida de su ser querido están tristes por el amor que le tenían. Es decir, que estan tristes porque ya no van a recibir los beneficios que esa persona que se suicido les aportaba. Esos beneficios probablemente sean inmateriales, como compañía, afecto, etc.

Pero esto suena tan egoista -y de hecho lo es- que hará que nos sintamos mal con nosotros mismos. Por fortuna, podemos ahondar más en este asunto para llegar a la conclusión de que el egoismo no es necesariamente malo.

El egoismo aceptable.

Si no es malo, ¿como ser egoístas puede ser bueno? Bien, hay una frase de Jacinto Benavente que dice ” El único egoísmo aceptable es el de procurar que todos estén bien para estar uno mejor “. Es decir, que nosotros hacemos todo por nuestro bienestar. Pero si nuestro bienestar implica hacer el bien a los demás, entonces se trata de un egoísmo aceptable, que tiene a mejorar. Esto es juamente lo que llamamos “buenos valores”. Yo le hago el bien a otra persona porque eso me reporta un bienestar a mi. Pero mi bienestar significó hacerle el bien al otro. Eso es bueno. Si en cambio mi bienestar lo encuentro al hacerle un mal a alguien, entonces es un egoísmo no aceptable. Es el egoísmo malo. Ambos egoísmos buscan el bienestar personal, pero uno lo hace a través del bienestar ajeno, mientras que el otro no.

El bienestar de los demás, no debe necesariamente ser inmediato, puede ser a largo plazo. En el ejemplo del niño al que le dábamos un dulce. Si al niño le gustan los dulces, entonces inevitiablmente vamos a hacerlo feliz al regalarle el caramelo. Pero sabemos que si come mucho, puede causarle una descompostura. En este caso, vamos a buscar nuestro bienestar pero vamos a restringirle el dulce al niño para que él no se enferme. Esto no lo hará feliz, ya que un niño no es conciente de que si come mucho puede enfermarse. Lo que hemos hecho es buscar nuestra felicidad total, a costa de que el niño se enoje al no poder comer el dulce entero. Pero nosotros estamos tranquilos porque hemos actuado bien y eso nos reconforta. Y le hemos hecho un bien al niño, aunque el no sea plenamente conciente de eso y esté molesto.

Podemos concluir que no hay forma de escapar al egoísmo, porque es nuestra manera de vivir y no hay otra, y siempre buscaremos la felicidad. Pero hay dos formas de buscar o llegar a esta felicidad: haciendo bien a las personas o haciendo mal. Los buenos valores son la clave aquí. La educación tanto nuestra como de los demás, debe apuntar a buscar la propia felicidad, pero evitando hacer el mal al resto de las personas, animales, etc.

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¿El Hombre Pensante?

El “Hombre Pensante” prentende dar a conocer ideas que toda persona puede manifestar internamente, aún sin ser conciente de que las tiene.  En muchas ocasiones, acercarse a las ideas de otro, permite encontrar, o poner en palabras, las mismas sensaciones que nosotros mismos tenemos; o quizás simplemente vagar por los mismos senderos que éstas para conformar, poco a poco, nuestras propias ideas y refelexiones.

¿Y para qué sirve reflexionar? Pues bien, todas las personas sienten la necesidad de reflexionar en su vida. A veces para comprender el ambiente que los rodea, a veces para comprenderse a si mismas. Sin importar cual sea la causa, todo ser humano reflexiona en distintos momentos de su vida. Muchos lo hacen a menudo, y otros lo dejan para ocasiones especiales. Los primeros, tienen una necesidad de comprensión muy exigente, al punto que su tranquilidad depende de aclarar las sensaciones que mantiene internamente para darle forma al sentimiento que les acomete en ese instante o bien en sentimientos pasados. Los segundos, sin embargo, pueden dedicar su vida a muchas actividades tanto físicas como intelectuales, pero tarde o temprano, algún hecho -bueno o malo- recae sobre ellos, y los obliga a detenerse un instante y pensar… sacar conclusiones, buscar la tranquilidad interior al satisfacer un conjunto de sensaciones que los altera.

Pero en fin, sea cual fuere la causa de la relfexión, esta nos alivia de una u otra manera. Tambien nos permite crecer como personas, y nos da cierta seguridad al momento de enfrentar situaciones y sentimientos similares.

Es por esto que se escribre este blog. Para dejar aquí ideas y reflexiones al alcance de quienes pretenden tanto leer cosas nuevas, como tener otros puntos de vista, ya que son estos hábitos los que, para algunos, “llena el alma”.

¿Quién lo escribe? Un “Don Nadie”, una persona que dedica algunos momentos de su vida a comprender, replantear, y dar forma a situaciones y hechos para comprender de donde pueden venir, o que efectos pueden causar. Una persona que también prentende entender su entorno, para lograr un bienestar con sigo mismo y los demás. En fin, una persona que pretende pensar.

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