El Cielo y el Infierno: una rivalidad absurda.

¿Por qué es absurda la idea del cielo y el infierno? Bueno, quienes tenemos una familia con alguna inclinación católica -o al menos cristiana- nos suelen enseñar ciertas cosas sobre la religión. Una de ellas, es el concepto del cielo y el infierno. Digamos que en la vida terrenal somos puestos “a prueba” en el sentido de que una vez que ésta finaliza (es decir, morimos), se nos evalúa acerca de lo que hicimos para decidir dónde pasaremos la eternidad, en el cielo o en el infierno. Se nos dice que el cielo es a aquello que debemos aspirar, es donde seremos felices eternamente; mientras que el infierno, el opuesto, es el sufrimiento o la infelicidad eterna. O sea que debemos competir por ir al cielo, y no al infierno. Hay una lucha o una rivalidad entre el cielo y el infierno. Por eso es que en ésta vida debemos “portarnos bien”, para que a fin de cuentas, vayamos al cielo y seamos “eternamente felices”.

Pero pensemos un momento. ¿Qué significa una felicidad eterna? ¿Cómo es posible? La felicidad se logra a partir de los momentos que nos hacen felices, o sea, momentos buenos. Estos momentos no hacen felices. Pero esta idea es algo vaga, porque cabe preguntarse ¿cuándo un momento es bueno? Los momentos buenos son aquellos que nos causan una diferencia emocional positiva respecto de la emoción que estamos sintiendo, y por eso sentimos de repente una sensación placentera de felicidad. Digamos que podemos estar sintiéndonos “normal”, ni estamos felices, ni estamos infelices. Tenemos un nivel emocional constante. De repente, ocurre un hecho positivo, lo que nos causa felicidad, es decir que salimos de ese sentimiento de emoción constante para pasar a sentirnos felices. Esta felicidad es, por supuesto, momentánea. Puede durar unos minutos, unas horas, o incluso unos días, pero en algún momento se termina. Y se termina por dos razones: o bien nos sucede algo malo, lo cual hace sentirnos mal; o bien -y más común- nos acostumbramos a esa felicidad, nos acostumbramos a esa sensación que al principio nos sobresalta positivamente, y volvemos a sentirnos “normal“, como antes de que ocurriera ese hecho positivo que generó la felicidad. Recalco que puede pasar un tiempo antes de dejar de sentir la felicidad. Y no existe nada en el mundo que nos proporcione una felicidad infinita. Muchos dicen que el nacimiento de un hijo provoca una felicidad muy grande y para siempre. Pero no es así, uno se termina acostumbrando a esa sensación tarde o temprano, en unos días o en unos años, pero se acostumbra. Y al acostumbrarse, deja de sentir esa felicidad. Además, tenemos que sumar que en el transcurso de la vida, ocurren tanto cosas malas, como cosas buenas. Las cosas malas nos disminuyen la felicidad, mientras que las buenas la aumentan.

Entonces, ¿cómo sería ser feliz eternamente? Si solo vivimos un hecho positivo o un buen momento, nuestra felicidad aumenta, pero con el tiempo se vuelve una sensación normal y se apaga la felicidad, como si se amortiguara. Entonces, vivir feliz eternamente, significaría que todo el tiempo estamos teniendo vivencias positivas, por lo cual no daríamos oportunidad a nuestra felicidad de desvanecerse. Esto parece lógico, pero no olvidemos que vivir constantemente cosas lindas, se termina tornando monótono, por lo que en algún momento también nos vamos a acostumbrar a estar siempre viviendo cosas positivas, por lo cual dejaremos de sentir felicidad por ello, ya que es algo que viviremos siempre, será tan común que dejará de generarnos ese sobresalto que nos produce la felicidad. Recordemos que estoy hablando de un eternidad, no de solo unos cuantos años. Por ende, esto hace tambalear la idea de la “felicidad eterna“, a tal punto que la hace parecer estúpida.

Si hacemos el mismo análisis, pero con la idea del infierno, es decir “el sufrimiento eterno”, llegaremos a la misma conclusión. Uno sufre cuando le ocurre un hecho malo, o sea, un acontecimiento negativo. Pueden ser mil cosas: un dolor físico, la muerte de un ser querido, enojo por algo, etc. Pero una vez que estamos viviendo ese sufrimiento, llega un momento en que la persona se acostumbra a esa sensación, y se apacigua, para volver a sentirse “bien” o “normal”, como antes de que ocurriera la desgracia. Por lo tanto, para sufrir eternamente, deberíamos vivir hechos negativos todo el tempo a lo largo de una eternidad. Pero volvemos a lo mismo: al cabo de un determinado tiempo, nos acostumbraríamos a estar siempre viviendo cosas malas, al punto de que ya dejaríamos de sufrir por ello, ya que nuestra mente estaría consciente de que siempre algo malo va a ocurrir, y ya no sería algo malo, sino algo común. Es decir, que la ausencia de algo bueno, haría que la persona se acostumbrara y dejaría de sufrir, porque siempre estará esperando algo malo.

Por otro lado, volviendo a nuestra vida terrenal y corriente, todo el tiempo estamos viviendo hechos buenos, y hechos malos. Es decir, vivencias que nos hacen sentirnos bien y vivencias que nos hacen sentirnos mal. Si nos sentimos bien, y de repente nos ocurre algo malo, pasamos a sentirnos mal, o por lo menos ya no nos sentimos tan bien como antes de que esto malo ocurriera. Sin embargo, podemos empezar a acostumbrarnos a este hecho malo, y además puede ocurrir que nos vuelva a pasar algo bueno, y volvamos a sentirnos felices. Es decir, que en algún punto, la felicidad y la infelicidad van de la mano. No podemos ser felices, si antes no hemos sido infelices. La felicidad se logra por una variación del estado emocional. Si ese estado emocional no varía, no sentiremos nunca nada, sería lo que se llama un ser “insensible”. Si sentimos felicidad, el estado emocional varía y nos sentimos bien, pero al rato el estado emocional vuelve a encontrar una posición de equilibrio, por lo que volvemos a sentirnos estables (ni mal, ni bien). Pero en cambio, si nos sentimos felices por algo, y de repente nos pasa algo malo, entonces nuestro estado emocional no puede lograr un equilibrio, ya que tiene un cambio abrupto: pasa de la sensación linda, a la sensación fea. Lo mismo ocurre si al sentirnos mal, nos ocurre algo bueno, entonces nos sentimos bien, ya que nuestro estado emocional no se alcanza a estabilizar y nos produce bienestar. Lo que quiero ilustrar con esto, es que nuestra felicidad se da, no por la ausencia de infelicidad, sino por el cambio de un estado emocional a otro. El dolor le deja paso al placer, y viceversa. Por eso es que no podemos sentirnos siempre bien, o siempre mal. Lo que nos produce la sensación de bienestar es el cambio de un estado de sufrimiento -o un estado estable- a un estado de placer. Y por el otro lado, lo que nos produce la sensación de malestar es el cambio de un estado de placer -o un estado estable- a un estado de sufrimiento.

Si no ocurrieran estos cambios de polaridad emocionales, no sentiríamos nada. Las emociones se basan en cambios. Este punto es fundamental, y no solo se aplica en esto, sino en muchísimo conceptos de la vida.

Entonces, volviendo al tema inicial del infierno y del cielo. ¿Cómo podemos ser eternamente infelices en un lugar dónde no sentimos nunca placer y, por ende, nunca experimentamos ese cambio de polaridad? Lo mismo para el cielo o el paraíso: ¿cómo podemos ser eternamente felices, si nunca conoceremos la infelicidad? Si una, no hay la otra. Lo que cuenta es el cambio. El grupo musical “La Ley”, de Chile, canta una canción que en el estribillo dice “Sin dolor, no te haces feliz” (El Duelo). Y esta frase justamente habla de que no podemos sentir felicidad, sin antes haber sentido dolor. De la misma manera que no podemos sentirnos llenos, si antes no hemos tenido hambre. O no podemos percibir la riqueza, si no entendemos qué es la pobreza. No podemos percibir el dolor de una herida, si antes no nos hemos sentido mejor.

Creo que lo más productivo de esta reflexión, es aceptar la idea de que nos podemos sentir bien gracias a que en otro momento nos podemos sentir mal, y viceversa. Es decir, aceptar las cosas malas que nos suceden, como un punto de partida para valorar y disfrutar cuando nos ocurra algo bueno. Y de la misma manera, para que cuando nos ocurra algo bueno, algo malo pueda anularlo, como una posibilidad de volver a sentir algo bueno después, y no acostumbrarnos solo a las cosas buenas debido a que después de un tiempo, nos aburriríamos y no podríamos disfrutarlas.

Con esto doy por terminada la idea de cielo e infierno como algo separado y eterno. Y ahora, como un agregado -un poco agnóstico- de mi parte, hago un planteo desde otro punto de vista, totalmente diferente al que expliqué aquí.

Si el infierno es para aquellas personas que han hecho el mal, y la idea de Dios habla de una deidad generosa y que perdona. ¿Realmente alguien puede ser tan malo como para merecer toda una eternidad de sufrimiento? Esto me parecería muy poco glorioso de un Dios que sabe perdonar. Y, si además yo hice el mal por no creer en Dios, y Dios realmente existe, ¿merezco no ir al cielo sólo por no tener la capacidad de creer? ¿Realmente es tan malo no creer en algo que no podemos percibir y por ello negarnos el paraíso? Esto último nada tiene que ver con el tema principal, excepto la idea de criticar un poco el concepto de cielo e infierno que nos inculcan en la iglesia.

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Acerca de El Hombre Pensante

Soy un tipo que cada tanto se plantea las situaciones que vive en todos los ámbitos de su vida. Y gracias al blog, puedo descargame y organiazar mejor mis ideas.
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Una respuesta a El Cielo y el Infierno: una rivalidad absurda.

  1. Mari Carmen dijo:

    Hola.

    Me he dado una vuelta por tu blog y te felicito por él, es muy interesante y tus temas son bastantes buenos. Me gustan porque nos hacen reflexionar.

    He visto que el otro blog http:\\diariodelpirata.blogspot.com, lo dejaste de escribir hace tiempo. También me gustó.

    Saludos.

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